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sábado, 1 de noviembre de 2014

Consagración urbanística habanera

Según consta en el Plan Maestro para la Revitalización Integral de La Habana Vieja, la ciudad es rica en tradiciones de ordenamiento y reglamentación urbanística. Sin embargo, “dentro y en extramuros” pueden observarse todas las variantes posibles de construcción que incluye desde la profusión de la moda y continuidad de las “barba­coas”, en cualquier espacio habitacional de puntal alto, hasta el desate de una especie de huracán constructivo que colisiona contra las normas establecidas, mediante severas rachas de violaciones en fachadas y nuevas viviendas.
La necesidad del control de las regulaciones vigentes para la modificación y construcción de inmuebles tiene sus raíces históricas en las acciones del oidor Alonso de Cáceres, quien elaboró (en 1574) sus famosas Ordenanzas para el buen gobierno de la Ciudad de San Cristóbal de La Habana y de todos los pueblos de la Isla, presentadas al Cabildo habanero y promulgadas oficialmente en 1641.
Valga recordar que, durante siglos, sirvieron de modelo sobre cómo construir asentamientos en el resto de la América española.
Pero la modernidad llegó con el crecimiento de la cosmopolita urbe hasta copiar edificios de estilos avanzados que ostentaron, durante años, la primacía mundial en las edificaciones de hormigón armado como los edificios: Habana Libre y Focsa, este último considerado entre las siete maravillas de la ingeniería civil cubana (1956, el segundo más alto del mundo en su tiempo, después de uno construido en Sao Paulo, Brasil) y restaurado hace unos años por una compleja operación constructiva.
De estas siete maravillas constructivas, la capital posee cuatro y media: el mencionado edificio Focsa (121 metros de alto), el Tunel que atraviesa la bahía (733 metros de largo), el acueducto de Albear, el túnel del alcantarillado de La Habana (1908-1915), que preveía desplazar por gravedad –y por debajo de la bahía– todos los desperdicios de la urbe, una audaz obra de ingeniería, y parte de la Carretera Central.
El crecimiento de La Habana se extendió con la Revolución. La arquitecta Pastora Núñez (Pastorita), estuvo al frente del Instituto Nacional de Ahorro y Viviendas, e impulsó planes del gobierno revolucionario en la década de los 60, como el residencial Camilo Cienfuegos, los módulos habitacionales próximos a la Plaza de la Revolución y otras edificaciones en varias localidades de la ciudad.
El movimiento de microbrigadas posibilitó realizar repartos como los de Alamar, San Agustín y los edificios de Nuevo Vedado, en las décadas de los 70 y 80.
Desde 1976 –con la División Político Administrativa–, devino territorio integrado por 15 municipios y sus correspondientes barrios, casi todos con una identidad arquitectónica propia, que les permite ser reconocidos en fotografías o materiales audiovisuales.
DEL BARRIO Y LAS VOCES
Los barrios habaneros son afluentes de una forma de expresión única con relación al resto del país. Casi todos sus habitantes se consideran autóctonos, bajo el orgullo del patronímico que les funciona como atributo entre sus conciudadanos cuando necesitan expresar el origen de su “patria chica” en cualquier lugar del país o del mundo.
Tomo prestado y parafraseo el título del libro: Del barro y las voces, de la doctora Graziella Pogolotti, y cuyo nombre recuerda el de una conocida localidad, hacia el oeste, en Marianao y próximo a La Lisa.
Lamentablemente espacio no queda para más y como dice el refrán: “no se puede meter La Habana en Guanabacoa, pero nada sería el barrio sin sus voces. De esta forma, podemos epilogar al referirnos al peculiar dialecto de los habaneros y sus defensas para justificar las dislalias regionales en el uso singular del idioma materno: un trastorno en la articulación de los fonemas y la absorción de algunas consonantes que varía, en cada región de la Isla, de acuerdo con las nuevas tendencias en el uso de la lengua. Sin embargo, esta condición ha sido parte de la simpatía generada para el contrapunteo, entre provincias, hasta el punto de asumirse frases y giros idiomáticos, de todas partes, de manera que apenas permite diferenciar a nativos o recién llegados, a la capital de todos los cubanos