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miércoles, 22 de octubre de 2014

Camilo, más cerca de la gente



El legendario comandante del sombrero alón y la eterna sonrisa, sonrisa amplia, franca, contagiosa; en fin, una bella sonrisa. Las mangas siempre recogidas en los codos. Esa es la imagen que tengo guardada en mi mente desde que era un niño.
Hoy a 55 años de su muerte podremos recordar realmente quien fue el flaco desgarbado, risueño, barbudo y ocurrente que firmaba Kmilo 100fuegos. Contar las historias humanas de los héroes nos devuelve hombres de carne y hueso...
Por eso pienso que el mejor homenaje a Camilo es recordarlo como el hombre de las mil anécdotas. Muchas de ellas hablan de la dimensión inmensamente humana de aquel hombre.
Es necesario contar las historias humanas de los héroes y verlo como la mejor forma de hablar de su obra; para que cada quien se identifique desde los sentimientos, lo afectivo.
Recordar a Camilo, a 55 años de su desaparición física, me hace volver a recordar que Camilo era el cubano de las mil anécdotas y por ello prefiero, compartir algunas de ellas que pude leer nuevamente el año pasado de un colega:

 “UNA CAMILADA”, NARRADA POR WALFRIDO PÉREZ

Con pocos días de diferencia, la invasión había comenzado. Las columnas 2 y 8 se desplazaban casi paralelamente en los llanos orientales. Camilo cruzó detrás de la columna de Che el río Salado. Casi al amanecer arribaron al campamento de la "Ciro Redondo". Che dormitaba en su hamaca y Camilo llevó su caballo azuzándolo hasta que derribó al Che. Desde el suelo, enredado con la frazada, Che reía como un niño.
—Ya la pagarás, ya la pagarás…
¿No te da pena estar durmiendo a estas horas?

Y ambos reían de lo lindo. El Che gozaba como nadie de las “camiladas”.

 “CALIDAD HUMANA”, CONTADA POR MARÍA RAMOS GARCÍA

Son bien conocidas el hambre y las penurias sufridas por los hombres de la Columna 2 Antonio Maceo, durante la larga travesía por la entonces provincia de Camagüey, en marcha hacia la región occidental del país.

Al arribar la columna a “Hoyos de los indios”, inmediatamente recibieron la ayuda y la colaboración espontánea y desinteresada de los campesinos que en este lugar vivían. En mi casa se cocinó, entre otras cosas, un cerdo, el cual resultó pequeño para el voraz apetito de estos hombres, que llevaban tantos días sin comer caliente.

Un rebelde, a quien no le tocó nada de carne en el reparto, miraba el caldero con avidez, a la vez que aclamaba por algo, aunque fuera pequeño.

Oyéndolo, Camilo lo llamó inmediatamente y picó la mitad de la patica de cerdo que le había correspondido y la compartió con su compañero, demostrando así, una vez más su calidad humana.
“MOZO”
Cuando Camilo trabajaba en una tienda habanera, le aseguró a su hermano Humberto que allí era solo un simple mozo de limpieza, pero que iba a llegar a ser su primer dependiente. Mandó a hacer unas tarjetas que decían: Sastrería El Arte, Reina No. 61, entre Ángeles y Águila. La Habana, Camilo Cienfuegos Gorriarán. Dependiente.
Sus amigos preguntaban por “el dependiente Camilo”, pero les decían que él era el mozo de limpieza y que no estaba. “¡Ah, si no se encuentra, entonces me voy; no me interesa comprar nada aquí”. Y los dueños, al darse cuenta de su popularidad y de que estaban así perdiendo clientes, lo pasaron a ocupar esa plaza y llegó a ser el primer dependiente.
Por cierto, la última vez que Camilo trabajó allí —contó también hace años su hermano Humberto— habló con el mozo de limpieza, y le pidió que ese día lo dejara hacer la labor suya. Se vistió con la ropa apropiada y comenzó a hacerlo. Lo vio uno de los dueños y le preguntó por qué lo hacía. “Aquí entré como mozo de limpieza y, como ya me voy, quiero salir como empecé”.

“CABO MACHACADOR DE AJOS”
Efigenio Ameijeiras evocó que un ex oficial de la Policía que se unió a la guerrilla tenía cansado a Camilo preguntándole qué grado militar le correspondía como guerrillero. Camilo cogió en la cocina una cabeza de ajo, en el arroyo recogió dos piedras (chinas pelonas) y, harto ya de su insistencia, le contestó: ¡Chico, toma, estás nombrado “cabo machacador de ajo”; y si te portas bien, como esperamos, podrás llegar a “sargento machacador de tostones”.

“SU SOMBRERO”, NARRADA POR RAFAEL VERDECÍA LIEN, CAMPESINO DE SIERRA MAESTRA, COLABORADOR DEL EJÉRCITO REBELDE
Un día llegué yo a caballo a donde ellos estaban: era el día que llevaba el animal para ensillárselo a Camilo, para que se trasladara de un lado a otro, y él coge y se pone mi sombrero y me dice que a mí no me lucía ese sombrero, que le lucía, por ejemplo, al capitán Camilo, y se lo pone, se miró en un espejito y me dice:
— ¿Qué chico? Ponte la gorra esta.
Le digo: Bueno, me la llevaré para la casa y me pondré otro sombrero que tengo allá, que inclusive es mejor que este que tengo puesto, que tiene unos cuantos años ya.
Él se quedó con el sombrero y yo lo miraba y me reía y él luego miraba que yo le estaba mirando el sombrero y él se reía y guiñaba un ojo y les hacía señas a los otros compañeros. Y él luego les hacía señas a ellos que yo estaba mirando el sombrero; parece que él pensaba que yo quería el sombrero, pero era mirando que le lucía bien. Ese sombrero que Camilo traía era mío. Era mío y a mí me era orgullo que a él le luciera bien, lo trajera, y que Camilo con ese sombrero luce más bonito todavía. Ese sombrero se lo regalé yo, se lo regalé yo en el sentido que él lo cogió y se lo puso y le quedó bien, me miró y me dijo que le lucía más a él que a mí y se quedó con él.

“ALMOHADAS PINTADAS DE CORAZONES”, NARRADO POR VILMA ESPÍN
Camilo acostumbraba a hacerle bromas a todo el mundo, así que todos estábamos siempre un poco en guardia con él… eran bromas realmente infantiles, que hacían reír.
En los primeros tiempos, en el año 1959, cuando vivíamos en Ciudad Libertad, se celebraban en la habitación de Raúl y mía muchas reuniones.
Cuando Camilo salía, y como ya lo conocíamos, teníamos que registrarlo porque acostumbraba a llevarse, por broma, un montón de cosas en los bolsillos, y me dejaba las almohadas pintadas de corazones y con letreritos de las cosas que se habían estado conversando.

“EL SUBMARINO”, NARRADA POR WILLIAM GÁLVEZ
¿Que todavía no le han contado lo del submarino en las montañas de Villa Clara? Camilo era así, ocurrente, jaranero, le corría una máquina a cualquiera, de una forma sana. No se podía uno disgustar con él porque no tenía ni una pizquita de maldad, sino que todo era entero, como de una sola pieza.
Una vez estábamos conversando de muchos temas y él ve que está un compañero que nos escucha embelesado, como si aquello fuera algo de otro mundo y entonces se le iluminó la cara como solo él sabía iluminarla.
—Bueno, bueno, compañeros, a mí lo que más me preocupa ahora es qué vamos a hacer con el submarino que me manda Fidel desde la Sierra, porque yo sí no sé para qué sirve eso aquí en las lomas de Yaguajay.
Todo el mundo se quedó callado, a la expectativa, y el hombre aquel abrió los ojos en redondo.
—Sí, hay que traerlo porque si Fidel lo manda para algo tiene que servir, así que en cuanto llegue, usted —se dirigió al hombre— tiene la responsabilidad de subirlo hasta acá arriba.

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